NICOLÁS
Cuando lo vio llegar, no lo reconoció de manera inmediata. Vio
entrar a ese señor con barba de muchos días y sintió un enorme estremecimiento
por la forma como él la miró. Se quedó plantado a un par de metros de donde
ella se encontraba con algunos viejos amigos.
Lo miro, le sonrió levemente y sintió un enorme
escalofrío, sintió mucho miedo. Le preguntó a una de sus amigas sobre quién era ese
señor; su amiga giró para ver y le dijo “no sé”. Él se dio cuenta de su
pregunta, pero no dijo nada.
Seguía
plantado, dolorosamente plantado mirándola y mirando la larga sala donde se
encontraban todos. Luego alguien lo llamó y él entró pasando muy cerca de donde
ella estaba, no la saludó y tampoco ella lo hizo. Al pasar a su lado, ella lo
reconoció y comenzó a sentir mucho miedo por el cataclismo emocional que se
avecinaba.
Ese señor era su viejo amor imposible, con muchas canas,
el cabello largo y la mirada perdida por la sorpresa. Llevaba una camisa a
cuadros con algún motivo en azul claro y un pantalón beige. Se veía bien, ella
lo vio bien, físicamente lindo, aunque mucho más viejo e irreconocible por la
abandonada barba y el pelo largo.
Ella se
acercó a él. Él abrió los brazos para saludarla. ¿Tú eres Nicolás? -le preguntó
para decir algo y mitigar el miedo que con intensidad estaba sintiendo. Se
sintió estúpida porque ya sabía que era él... su Nicolás imposible, el mismo de
sus días de estudiante adolescente. Su Nicolás de siempre.
La abrazó levemente, le dio un beso suave y en su
mejilla quedó ardiendo el contacto del calor de su cuerpo y de su barba. Esa
sensación de calor le duró bastante rato, era como una picazón que le recordaba
que ella estaba viva, y que él también estaba vivo y ardiente.
Se quedaron juntos un rato con otras personas conocidas.
Allí delante de todos volvió a tocar el tema: su amor imposible, su amor frustrado, su
amor de juventud. Su amor de toda la vida, su amor que explotó como un globo en
su cara para despertarla del letargo de todos los años que habían pasado. “Tanto
que yo te quería…” dijo él. Y ella, de manera irracional, infantil e imprudente, le
espetó delante de todos y sin consideración: ¿Y ya no me
quieres? Inmediatamente, él se puso rojo como tomate maduro en aquel inclemente
calor de la sala, pero no le contestó. Ella se quedó en silencio con muchas
ganas de abrazarlo y decirle “gracias,
gracias, gracias por tanto amor”.
Y desde
ese día un enorme cataclismo emocional la acompaña todos los días y las
noches de su existencia, pero él no lo sabe.
3 Comments:
Que lástima que no se hablaron claramente los dos, les hubiera podido cambiar la vida para bien, seguramente... :(
Besos y salud
By
Genín, at 12 de septiembre de 2016, 11:35 a.m.
Gracias por tu comentario, Genín.
Conozco la historia, es muy cercana a mí y por eso la escribí. Si Nicolás y ella hubiesen hablado a tiempo, otra hubiese sido la historia, pero el tiempo pasó.
Seguiré escribiendo, probablemente.
Saludos y mucha salud.
By
Yolanda Fernández G., at 16 de septiembre de 2016, 7:09 p.m.
Guao Yolanda, dice la canción que han pasado más de 50 veranos desde la última vez que se vieron (según la oreja de Van Gogh) y todavía existen esperanzas. En ésta historia querida amiga, también. Gracias por la musa...
By
Elier, at 19 de octubre de 2016, 10:54 a.m.
Publicar un comentario
<< Home