Yolanda Fernández Dice

sábado, febrero 27, 2016

PASAR LA PÁGINA...

Hace unos días, en el aula, intercedí entre dos jóvenes que discutían. El origen de la discusión fue una nimiedad absurda por la cual no debía discutirse. Después de hablarles, se calmaron y las aguas volvieron a su cauce.
Ayer me tocó a mí.
Por una frase "fuera de calibre" que dijera sobre mí una persona a quien quiero entrañablemente, me sentí descolocada y bastante herida. No pude contenerme y respondí con toda la incertidumbre y el dolor que su expresión verbal me produjo. Con mi respuesta no quise nunca herir a esa persona porque es parte de mis sentimientos buenos y porque esa persona ocupa un espacio muy bonito en mi vida y no quiero que salga de allí, pero se sintió herida.
"Perdóname", me dijo... y porque creo en la absoluta sinceridad de esa persona y le quiero profundamente, le pedí que "pasáramos la página".
Yo estuve muy dolida y lloré durante un buen rato, me dormí triste.  
Hoy estoy más tranquila, trato de escribir en otra página. Trato de pasar verdaderamente la página porque no vale la pena disgustarse con las personas a quienes uno ama: nos hacemos daño, el agua se desborda y pueden quedar cicatrices... y yo no quiero eso.
Lo mejor es dar vuelta a esa página del libro que llamamos vida y seguir escribiendo en una nueva. Los recuerdos hermosos no se deben manchar, el lenguaje y su interpretación nos comprometen a usarlo con precaución porque las palabras pueden ser dardos venenosos o caricias amorosas. Me quiero quedar con las caricias... paso la página.

lunes, febrero 15, 2016

FRANCELYS DE NAZARET y PEDRO LUIS

Son primos y los conocí ayer en un bus que me traía de vuelta desde Puerto la Cruz. Ella tiene 19 años, él 22 y ambos tiene carnet militar del Batallón de Comunicaciones "Capitán Juan de Dios Agraz". Venían sentados a mi lado, pasillo de por medio.
Por ellos lloré amargas lágrimas de tristeza y frustración al comprobar la fragilidad en valores que ostentan algunos jóvenes venezolanos.
Salimos de Puerto la Cruz a las once de la mañana, el bus corría como huyendo de sí mismo; se detuvo en Puerto Píritu y subieron tres pasajeras que eran esperadas dentro del bus por una familiar. Con esas pasajeras el bus completó su carga, no había ningún asiento vacío. Era un bus de dos pisos repleto de almas. Nosotros ocupábamos el piso de abajo
Al llegar a la zona de "El Guapetón" hicimos la parada acostumbrada para almorzar y estirar las piernas.
Una vez finalizado el tiempo de parada, subí, aparté mi bolso de mano que había dejado en el asiento, me instalé y me coloqué sobre los hombros la chaqueta de la selección de fútbol que había llevado para protegerme un poco del aire acondicionado del vehículo. En los últimos tiempos, esa chaqueta roja, con detalles y grandes letras amarillas en la espalda con el nombre ESPAÑA, se ha convertido en mi "uniforme" de viaje en bus.
El bus comenzó a moverse y como faltaban pasajeros salí de la cabina y toqué la puerta de la cabina del conductor para advertirle que estaba dejando a algunos pasajeros. El conductor detuvo la marcha y los despistados pasajeros llegaron corriendo y subieron. Francelys y Pedro Luis también subieron.
Cuando regresé a mi asiento la chaqueta no estaba.
Subí a la cabina del segundo piso y pregunté a los dos pasajeros que habían subido a última hora a esa sala, si habían visto mi chaqueta en el pasillo de entrada que comunica los dos pisos del bus con el baño y con la sala del conductor. Nada de nada.
Bajé a mi sala y le reclamé a mis compañeros de viaje. Comenzamos a revisar debajo de los asientos, me ayudaron casi todos. Nada de nada: chaqueta que desaparece como por arte de magia.
Reclamé de madera más dura, reclamé hasta que un compañero de viaje sugirió que revisáramos todo porque quien había tomado la prenda estaba en la sala. 
Increpé a Pedro Luis  y mi intuición me dijo que en esos dos asientos estaba el responsable.
Cuando el compañero de viaje comenzó a revisar, le pedí a Pedro Luis y a Francelys que se levantaran para ver en sus asientos y allí, bajo el frágil cuerpo de esa niña, disimulada con una cobija que ella llevaba, encontré mi chaqueta de la selección de fútbol de España, mi uniforme de viaje.
Confieso que la tristeza que ya traía se multiplicó por un millón, le grité a Pedro Luis y a su prima, tomé su carnet de militares y les reclamé con fuerza. Les reclamé que en su condición de reservistas de un cuerpo militar lo que habían hecho era una vergüenza, para ellos, para su batallón y para la patria. Que la patria no podía estar en manos de gente deshonesta, que quien se roba una chaqueta después se roba también las arcas del Banco Central, que quien se roba una chaqueta también se presta para el narcotráfico y el contrabando de todo tipo, que si a ellos en el cuartel no les enseñaban ciudadanía, ética y valores, que toda acción genera consecuencias y hay que asumir esas consecuencias, etc...  
Como madre de dos hijos jóvenes, como docente que atiende y forma a jóvenes y como mujer venezolana que tiene esperanza de que en mi país alcancemos una mejor vida, les hablé con mucha intensidad.  Lloré por la enorme frustración que sentí en ese momento. 
Francelys lloró también, se cambió de asiento y se colocó a mi lado, pasillo de por medio.
Me pidió disculpas por lo que había hecho y yo la disculpé.
El resto del viaje lo pasé hablando con ella, me abrazó y la abracé. Me contó parte de su abandonada vida de 19 años, de su familia disfuncional, de sus pequeños sueños por un futuro mejor, de la opción que encontró en el batallón, de lo dura y abandonada que ha sido su corta vida, de la falta de afecto. La sentí como un pajarito desvalido y con sed de atención y afecto. 
Cuando llegamos a Caracas, les presenté a mis dos hijos que habían ido a recogerme. Mis hijos le dieron la mano para saludarlos y sentí que Francelys y Pedro Luis se avergonzaron por la situación que nos había unido.
Les devolví sus respectivos carnet militares, los abracé a ambos; a ella con más fuerza. Les bendije como si fueran mis hijos y los vi caminar hacia la estación del metro.
Todavía hoy siento un dolor indefinible, una tristeza triste por la situación que viví con esos dos jovencitos, pasajeros de una vida llena de carencias, habitantes de un país que les ha quitado oportunidades y les ha cerrado las puertas. Una "tristeza triste" que es el testimonio de que mi país va por mal camino y tenemos que trabajar muchísimo para rescatarlo.